





Me mostró un cuaderno antiguo, con páginas onduladas por el vapor, donde cada gató tenía fecha, clima, proveedor y una anotación breve sobre la charla de mercado. “Sin prisa, el huevo abraza mejor”, escribió una mañana de tramontana. Al cortar, me ofreció una esquina caramelizada y me pidió opinar. Aprendí que evaluar un bocado requiere escuchar a quien lo hornea, preguntar por la temporada, entender sus límites y sus alegrías. Salí con receta copiada a mano, una promesa de volver y la certeza de que el paladar también recuerda voces.
En Jijona, entre calderos y baños de vapor, me pidió silencio. “El hervor habla”, dijo. El sonido cambió, grave al principio, más agudo después, hasta que un brillo denso anunció el momento exacto. Ahí entraron las almendras, tostadas apenas, y el batido se volvió músculo y música. Entendí que la técnica es una biografía: manos marcadas, espalda cansada y mirada feliz cuando la pieza cuaja. Me regaló un recorte de prensa y me pidió contar su oficio donde fuera, para que nadie olvide que la paciencia también alimenta.
En su pequeña cocina abierta, la vi montar un romesco claro con almendras ligeramente ahumadas y unas gotas de vinagre de manzana. Acompañó calçots tersos con una ensalada tibia de naranja, hinojo y hojas amargas. “Todo está en el contraste”, me dijo, sirviendo porciones pequeñas y pidiendo opiniones sinceras. Sus clientes, mezcla de vecinos curiosos y viajeros atentos, aplaudieron la frescura sin perder el recuerdo del asado familiar. Salí pensando que la tradición no es una urna cerrada, sino una conversación amorosa que crece cuando alguien la escucha con respeto.